Luto ecológico

Martes 26 de Noviembre de 2013
Por Carmelo Marcén Albero - Heraldo de Aragón
 

Aquel 13 de noviembre de 2002, en el que el Prestige empezó a derramar su carga de chapapote, Galicia se sumió en un luto general. Las imágenes de esos días impactaban, y todavía lo hacen hoy, a cualquier persona que sienta los latidos de la naturaleza o simplemente admire la belleza de las costas y playas gallegas. Entonces se dijo que el desastre fue originado por la obsolescencia del buque petrolero, por las equivocadas maniobras de los responsables marítimos, por la ineficacia del capitán del barco. El negro chapapote afectó a más de 750 playas de las mil que se contabilizan en el litoral cantábrico y atlántico español, y también llegó a Portugal y Francia. En aquellos hilitos como de plastilina, en aquel fuel que se iba a solidificar en el mar y no iba a afectar para nada a la vida marina, en palabras de los políticos de entonces, el barco fue soltando buena parte de las 70.000 toneladas del fuel que transportaba. El ministro de Agricultura y Pesca, que lo sigue siendo actualmente, se atrevió a aventurar que “La rápida intervención de las autoridades alejando el barco de las costas ha permitido que no temamos una catástrofe ecológica”.

Decenas de miles de voluntarios, impulsados por el lema “Nunca mais”, acudieron a poner un poco de alivio a semejante catástrofe, a intentar paliar el desastre ambiental originado. Verlos con sus trajes blancos alquitranados recogiendo el chapapote de las playas con palas o con sus propias manos provocaba admiración por su gesto altruista -algunos pusieron en riesgo sus vidas-, pero también rabia contra los responsables de semejante atentado ecológico. Quedó en la historia como una de las muestras de solidaridad ambiental nunca vistas en España. Pero también se volcaron los pescadores, que vieron cómo su vida laboral y su sustento eran sentenciados a muerte, y barcos especializados que recogieron 50.000 metros cúbicos de fuel en el mar. Tamaño episodio no se puede olvidar.

Justo once años después, como si fuese una broma de mal gusto, el luto vuelve a Galicia, a la conservación ambiental. Como en otras ocasiones, el tiempo ha servido para lavar la catástrofe y sepultarla en el olvido. La sentencia de la Audiencia de La Coruña, que suponemos ajustada a derecho, dice que nadie debe asumir ninguna culpa por su gestión durante el suceso. La justicia reparadora ha fallado porque no ha aprovechado su dimensión pedagógica para reprender la mala acción de quienes ocasionaron el desastre, por acción u omisión, y obligarlos al menos a restituir los daños ambientales. No sabemos si ahora los petroleros son todos de doble casco, si deben seguir rutas más seguras y si pasan inspecciones rigurosas. Tampoco si aquellos protocolos ante catástrofes que entonces fallaron -o no existieron- están ahora elaborados y si la administración sabe qué hacer en casos similares para proteger el medio ambiente y a la sociedad. Esa sociedad española que, sin culpa, correrá con unos gastos de limpieza y restitución que la Fiscalía cifra en 4.328 millones de euros. Estos desatinos son malos ejemplos de convivencia, pues algunos buscarán en ellos una disculpa para acometer las tropelías ambientales que ahora se permiten por tierra, mar o aire.

Aunque habíamos leído que el derecho ambiental empezaba a desarrollarse en la UE y en España, no nos sorprenden estas sentencias. Antes vimos lo que pasaba tras la fuga de Boliden en Aznalcóllar, de Inquinosa en Sabiñánigo. Apena que estas agresiones salgan indemnes mientras la ley sanciona con severidad a quienes provocan ligeras infracciones sociales o ambientales. Las administraciones deberán ser muy rigurosas a la hora de aplicar normativas severas para el manejo de las actividades que puedan ocasionar catástrofes ambientales y sociales. Si se producen episodios como este, que no son imposibles, hay que tener prestos unos protocolos de actuación tan rigurosos que minimicen las afecciones. Si faltan, cómo explicaremos a nuestros jóvenes que el respeto al medio ambiente, a la naturaleza en sus pequeños y grandes detalles, debe ser un argumento para asegurar su futura vida. Se ha publicado estos días que la sentencia supone una burla a la sociedad; si no es del todo así, lo cierto es que muestra una enorme mueca despectiva que nos sume en el luto ético con la naturaleza.

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