Miquel Porta “La contaminación interna es la factura que estamos pagando por la forma en la que vivimos”

 

Miquel Porta es Catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universitat Autònoma de Barcelona e investigador del Instituto Municipal de Investigación Médica (IMIM) de Barcelona. Es uno de los editores del libro Nuestra contaminación interna, que examina los efectos de los compuestos tóxicos persistentes (CTPs) sobre la salud humana. Hemos hablado con él para que nos explique qué son exactamente estas sustancias y qué podemos hacer para rebajar los niveles de contaminación a que estamos expuestos a lo largo de toda la vida, desde el embrión.
 
¿Qué son los compuestos tóxicos persistentes?
 
Los compuestos tóxicos persistentes son un grupo de compuestos químicos que tienen en común características físicas, como por ejemplo que muchos de ellos contienen átomos de cloro, lo que hace que sean muy persistentes en el organismo humano y en el medio ambiente. De hecho, el cuerpo humano, y el de los otros seres vivos, tiene muchas dificultades para eliminarlos y, por lo tanto, se acumulan. Se disuelven muy bien en grasa, son lo que en inglés se conoce como  ’fat lovers’ (amantes de las grasas). Por otro lado, los CTPs son sustancias tan diferentes como el insecticida DDT, el Lindano que se usaba para eliminar los piojos de los niños, los PCBs que se utilizaban como aislantes en transformadores eléctricos, o las dioxinas. La peculiaridad de las dioxinas, sin embargo, es que no se fabrican intencionadamente, sino que se generan en la combustión de plásticos. Son compuestos, pues, que forman parte de nuestra vida cotidiana. La causa principal de la contaminación humana por CTPs es clara: cómo vivimos.
 
¿Cómo pasan los CTPs a formar parte del organismo humano?
 
Normalmente nos llegan disueltos en las grasas animales, porque ya forman parte de ellos, lo obtienen de los piensos con que se alimentan. Hay que recordar que buena parte de estos piensos, como descubrimos a raíz de la enfermedad de las vacas locas, se hacen a partir de restos de otros animales. La verdad es que actualmente gran parte de la población mundial come alimentos de origen animal que contienen estos compuestos. A niveles muy bajos, pero este es el origen. Y las concentraciones crecen a lo largo del tiempo por acumulación en el cuerpo humano. La exposición es crónica, y los efectos no son inmediatos ni a corto plazo, pero existen.
 
“Nadie está libre de compuestos tóxicos persistentes“
 
¿Qué efectos tienen los CTPs sobre la salud?
 
El abanico es amplio e importante: son promotores tumorales, neurotóxicos, disruptores endocrinos, hepatotóxicos, alteran los sistemas de defensa del organismo, son immunosupresores y muchos son cancerígenos demostrados, como las dioxinas. En general, alteran el funcionamiento de los genes. Yo creo que los CTPs contribuyen en buena parte a la carga de enfermedad que sufrimos actualmente.
 
¿Qué sectores de la población son más vulnerables? ¿Nos afectan a todos por igual?
 
Siempre decimos que los niños, las embarazadas y la gente mayor son más susceptibles. Y también las personas con afecciones cardíacas o enfermedades respiratorias. Y ciertos grupos de trabajadores que han sido más expuestos por su profesión. Pero lo cierto es que los CTPs afectan toda la población, porque se acumulan en el cuerpo durante toda la vida, desde el embrión. Y sobre todo hay que dejar claro que nadie es invulnerable. Tenemos que dejar esto muy claro y ser capaces de concienciar, pero sin crear miedo. Porque el miedo es antisaludable.
 
“Los niños, las embarazadas y la gente mayor son más susceptibles. Y también las personas con afecciones cardíacas o enfermedades respiratorias”
 
¿Por qué no se habla más de ellos si son tan importantes?
 
Yo creo que hay algunos temas que la propia comunidad científica, las organizaciones ciudadanas y las administraciones prefieren ignorar, mirar hacia otro lado, en parte de forma deliberada. Esto es cobardía política, pero los ciudadanos también tenemos mucha responsabilidad en estas cuestiones. Los resultados científicos lo dicen claro, y ya no es una cuestión de principio de precaución, de prohibir por si acaso. Tenemos evidencia de que hacen daño. Pero parte de la comunidad médica ignora este hecho: no lo saben o no lo quieren saber. Y en el caso de los políticos, por ejemplo, hace más de diez años que pedimos incorporar los análisis de CTPs a las encuestas de salud en toda España, con recogida de muestras biológicas de la población nacional para determinar los índices de contaminación interna. Y en todo este tiempo sólo se ha hecho en Cataluña y en Barcelona ciudad. Los políticos no han querido hacerlo en ningún otro lugar y las organizaciones ciudadanas tampoco lo han pedido con suficiente fuerza. Los ciudadanos están poco concienciados. Si nos informamos y nos organizamos, los políticos tendrán que ser sensibles a lo que pedimos.
 
“Tenemos que incorporar la salud pública y la salud ambiental en todas las agendas”
 
¿Qué se ha hecho hasta ahora para evitar la presencia de los CTPs?
 
La inmensa mayoría de estos compuestos, sobre todo los que contienen cloro, ya han sido prohibidos, pero continúan presentes. Por ejemplo, el DDT se prohibió hace más de 30 años y en un estudio reciente de población en Cataluña se encontró en el 88% de los casos. Su principal metabolito, el DDE, lo detectamos en el 100% de la población. En el caso de Barcelona, según un estudio que estamos a punto de publicar, el DDT se encuentra en el 97% de las personas. Y no es el único compuesto con el que pasa esto. ¿Cómo se explica? Lo seguimos detectando, a pesar de haber sido prohibidos, en adultos y también en bebés. Tenemos que pararnos a reflexionar sobre esto. Y sobre el hecho de que haya una industria legal de reciclaje de las grasas de los animales muertos en los mataderos para hacer piensos. Toneladas de grasa cada día. Y como la combustión no les hace nada a los CTPs organoclorados, eso significa que continúan a la cadena alimentaria. El problema es complejo, pero mi conclusión es que como sociedad estamos fracasando. Y no parece fácil cambiarlo: queremos comer mucho y a precios muy bajos, hemos democratizado el consumo de carne, pagamos una miseria a los agricultores… Y no hay duda de que hay controles alimentarios, a pesar de que probablemente harían falta más. Pero aunque lo que hoy nos llega a la mesa cumple los límites legales, nuestros estudios muestran que los CTPs continúan presentes en nuestros cuerpos. En Barcelona, por ejemplo, podemos afirmar con datos reales que no hay nadie que esté libre de compuestos tóxicos persistentes. Y las concentraciones, a veces, no son precisamente bajas. Hemos fracasado como sociedad, este modelo de crecimiento que sin duda nos ha aportado beneficios sociales y humanos enormes, ha fracasado al evitar la contaminación por productos tóxicos. Todo esto no nos ha salido gratis. La contaminación interna es la factura que estamos pagando por la forma en que vivimos. ¿Cómo se explica, si no, la gran cantidad de cánceres o enfermedades degenerativas en personas de todas las edades, por ejemplo?
 
 
¿Qué podemos hacer para que esto cambie?
 
Hay que pedir más estudios, informarse, reflexionar y concienciarse. Y los ciudadanos nos tenemos que organizar para pedir lo que queremos, desde prácticas agrícolas más sostenibles a protección medioambiental, o qué tipo de energía preferimos, porque esto supone también más salud para el ser humano. Tenemos que incorporar la salud pública y la salud ambiental a todas las agendas. Y esto puede llevar a dinamizar políticas de seguridad alimentaria, de comercio justo y sano… Es un problema complejo, inherente al sistema en que vivimos, con muchos factores interrelacionados. Pero por eso mismo hay que aplicar este pensamiento a todos los ámbitos. Tenemos que dejar de lado las actitudes de ‘no se puede hacer nada’ y darnos cuenta que todos podemos actuar. Y podremos forzar políticas más saludables. Y vivir de otro modo.
 
¿Cómo tendríamos que comer para minimizar la ingesta de CTPs?
Hay que tener claro que en el caso de los CTPs los efectos son acumulativos y a largo plazo, no se trata de intoxicaciones agudas sino de una contaminación crónica. Un cambio de hábitos no hará que desaparezcan inmediatamente, pero puede ayudar a medio plazo. Y tampoco hay que obsesionarse. No pasa nada por comer chicharrones un día, o un huevo frito con mucha grasa. No es cuestión de un día, una dosis es ínfima. Y tampoco tenemos que dejar de disfrutar de la vida. En general, sin embargo, la opción sería una dieta más sana, con más verduras libres de plaguicidas y menos carnes y pescados grasas alimentadas con piensos.
 
En conclusión, los compuestos tóxicos persistentes son peligrosos, son invisibles y muy difíciles de evitar. Individualmente podemos hacer muy poco. Pero ignorarlos no es la solución. Cada pequeño gesto cuenta y cuantos más seamos, más haremos.