La naturaleza y el ser humano, por José Luis Batalla

Por José Luis Batalla, vicepresidente de ECODES. 
VER versión publicada en Heraldo de Aragón.

 

NO HABRÁ UNA NUEVA RELACION CON LA NATURALEZA SIN UN NUEVO SER HUMANO

El Papa Francisco, al lanzar a la opinión pública una encíclica  “sobre el cuidado de la casa común” se hace una pregunta inicial, ¿por qué incluir en este documento dirigido a todas las personas de buena voluntad, un capítulo referido a convicciones creyentes? Y aunque dice no ignorar que algunos rechazan con fuerza la idea del Creador hasta el punto de relegar al ámbito de lo irracional lo que las religiones pueden ofrecer para una ecología integral, sin embargo, entiende que vale la pena que las diferentes aproximaciones a la realidad que aportan la ciencia y la religión entren en diálogo intenso y productivo para ambos. Y quiere, en ese clima de diálogo, mostrar como las convicciones de la fe ofrecen a los cristianos y en parte también a otros creyentes, grandes motivaciones para el cuidado de la naturaleza y de los hermanos y hermanas más frágiles.

 
Y a ellos dedica todo un capítulo, recorriendo los relatos bíblicos, los salmos, los profetas y el Evangelio, sentando a través de ese recorrido estas consideraciones.
 
1. La existencia humana se basa en tres relaciones fundamentales estrechamente conectadas: la relación con Dios, con el prójimo y con la tierra. Estas tres relaciones vitales se han roto. La armonía entre el Creador, la humanidad y todo lo creado se ha destruido. Esa ruptura es el pecado. Pecado que se muestra con toda su fuerza de destrucción en las guerras, las diversas formas de violencia y maltrato, el abandono de los más frágiles y los ataques a la naturaleza. La humanidad ha defraudado las expectativas divinas.  
 
2. Para los creyentes y no creyentes la tierra es esencialmente una herencia común para todos. La fidelidad al Creador exige que todo planteamiento ecológico debe incorporar una perspectiva social que tenga en cuenta los derechos fundamentales de los más postergados.
 
3.  Como remarcaron los obispos de Brasil ya en 1992, la naturaleza además de   manifestar a Dios, es lugar de su presencia. Y el descubrimiento de esa presencia estimula en nosotros el desarrollo de las “virtudes ecológicas.
 
  
Pero el Papa se dirige  no solo a los cristianos, sino a todas las personas de buena voluntad. Cree que tiene derecho a hacerlo. La complejidad de la crisis ecológica exige que las soluciones y las propuestas no puedan llegar  desde un único modo de interpretar. Ninguna rama de la ciencia y ninguna forma de sabiduría puede ser dejada de lado. No aspira a proponer una palabra definitiva. Aquí no funciona la infalibilidad. Pero el deterioro de la casa común exige abordarlo, intentado con sinceridad reorientar el rumbo. Mucha reflexión y recorrido exige el tema. Basta ver la extensión de la encíclica. Casi 200 páginas. Consultar por internet el índice puede servir para ver que pocas cosas se escapan. En este articulo no cabe más que apuntar alguna de las reflexiones papales.
 
Con el cambio climático no puede ser más claro. La mayor parte del calentamiento global de las últimas décadas  se debe a la gran concentración de gases de efecto invernadero  emitidos sobre todo a causa de la actividad humana. La tecnología basada en combustibles fósiles necesita ser reemplazada progresivamente y sin demora. El Grupo  Intergubernamental de Expertos del Cambio Climático –IPCC- lo reitera en su último informe de  marzo de 2014. La ciencia y la religión caminan juntas. El cambio climático, dice  el Papa, es un problema global cuyas dimensiones ambientales y sociales plantean uno de los principales desafíos actuales para la humanidad, afectando especialmente a los más pobres. Y confirma el IPCC. Los peligros relacionados con el clima afectan directamente a las vidas de los más pobres, porque impactan en sus medios de vida. En la reducción de las cosechas, en la destrucción de las viviendas y, de forma indirecta, al aumentar los precios de la comida y la inseguridad alimentaria. Y grita Winnie Bianyima, directiva ejecutiva de Oxfam Internacional “El cambio climático es la mayor amenaza para la lucha contra el hambre”.
 
Yo veo en estas reflexiones una clara referencia a lo que Jorge Riechmann llama  la  miopía de la compasión, noble sentimiento del que se impregna el pensamiento y el hacer cristiano, pero perfectamente exigible a todo ser humano. Según el diccionario manual de la lengua española de Larousse, compasión es “sentimiento de tristeza que produce el ver padecer a alguien y que impulsa a aliviar, remediar o evitar su dolor o sufrimiento”. La miopía ya se refleja en esa misma definición, cuando el sentimiento y la reacción activa consecuente se refieren a alguien en concreto. Y aparece más patente cuando ese alguien está presente –vive hoy- y está cerca, físicamente o a través de la televisión.
 
El Papa trata de curarnos la miopía. Trata de extender esa interpretación de la compasión que solo atiende a lo concreto, a lo próximo y a lo presente. Así lo hace cuando dice que, después de un tiempo de confianza irracional en el progreso y en la capacidad human, es hora de atrevernos a convertir en sufrimiento personal lo que pasa en el mundo y así reconocer cual es la contribución que cada uno puede aportar. Reflexionando sobre el presente –el bien común- y el futuro –el destino común-, y pensando sobre la situación en que dejaremos el planeta a las generaciones futuras, entra en la lógica de la justicia entre las generaciones y en la consideración de nuestra relación con la tierra, no como dominio, sino como un préstamo que cada generación recibe y debe transmitir a la generación siguiente. 
 
Todo está conectado, repite el Papa más de una vez. La naturaleza no es algo separado de nosotros o un mero marco de nuestra vida. No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental. Las líneas para la solución requieren una aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos  y simultáneamente  para cuidar la naturaleza. No habrá una nueva relación con la naturaleza sin un nuevo ser humano. 
 
Al Papa le parece  riesgoso -¡qué gráfica palabra!- (aventurado, peligroso, que entraña contingencia o proximidad de un daño) que tanto poder se concentre en una pequeña parte de la comunidad.  Se está refiriendo a las nuevas formas de poder derivadas del paradigma tecnoeconómico. Lamentando que terminen arrasando  no solo con la política sino también con la libertad y la justicia, al no estar acompañado de un desarrollo paralelo del ser humano. 
 
Siente el Papa la debilidad de las reacciones ante el gemido de la hermana tierra, que se une al gemido de los abandonados del mundo. Siente que solo se esperan algunas declaraciones superficiales, acciones filantrópicas aisladas y aún, esfuerzos por mostrar sensibilidad hacia el medio. Pero sigue sintiendo, y teme, que cualquier intento de las organizaciones sociales por modificar las cosas, sea visto como una molestia provocada por ilusos románticos o como un obstáculo a sortear. Un ejemplo reciente lo tuvimos en Aragón cuando al producirse unas inundaciones en el río Ebro, una de las medidas tomadas fue dejar sin efecto determinadas normas ambientales que estorbaban.. Por eso, sigue diciendo el Papa, cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefenso ante los intereses del mercado divinizado, convertido en regla absoluta.
 
En ese contexto, remacha el Papa. Siempre hay que recordar que la protección ambiental no puede asegurarse solo en base al cálculo financiero de costos y beneficios. El ambiente es uno de esos bienes que los mecanismos del mercado no son capaces de defender o promover adecuadamente.
 
La política no debe someterse a la economía y ésta no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia. Por eso afirma el Papa que la salvación de los bancos a toda costa, haciendo pagar el precio a la población, sin la firme decisión de revisar y reformar el entero sistema, reafirma un dominio absoluto de las finanzas que no tiene futuro y que solo podrá generar una nueva crisis después de una larga, costosa y aparente curación. La ocasión de las crisis financieras de 2007-2008 no ha provocado la  reacción que llevara a repensar los criterios obsoletos que siguen rigiendo el mundo.
 
Habla el Papa también expresamente de otra miopía. La que él llama “miopía de la construcción del poder” político, que detiene la integración de la agenda ambiental, con mirada amplia en la agenda pública de los gobiernos. Lo hemos visto palpablemente en España en estos últimos años en que la crisis económica ha abarcado todo. Y se ha mostrado recientemente en la ausencia casi total  de esa agenda ambiental, con mirada amplia de que habla el Papa, en los programas  de los partidos en las elecciones autonómicas y municipales. Ausencia que aun clama con mayor intensidad  en los partidos emergentes, progresistas o no.
 
Aun reconociendo que ha tenido un bajo nivel de implantación, habla el Papa Francisco positivamente de la Cumbre de  la Tierra de Río de 1992, calificándola de superadora y profética para su época. No piensa lo mismo de Río+20 de 2012, calificando de  ineficaz la Declaración final. Yo estuve ahí con la Fundación Ecología y Desarrollo.. Vi como se llegaba a su elaboración y comparto la crítica del Papa  a esa declaración llena de manifestaciones genéricas y vacía de compromisos concretos. Pero quiero transmitirle al Papa que otros actores también estuvimos en Río+20 y mirando de reojo lo que acordaban los gobiernos, asumimos compromisos, nos reunimos, sumamos fuerzas, intercambiamos información, aprendimos mutuamente, construimos alianzas. Y transmitimos nuestra voz a Brittany Trilford, una neozelandesa de 17 años, tan valiente como el autor de esta  encíclica, joven bloguera que había ganado un concurso promovido por la ONU para participar en la apertura oficial de Río+20, que les soltó a los Jefes de Estado: Consideren para que están aquí, ¿para salvar su imagen o para salvarnos?. Buena reprimenda. No solo para ellos, sino para todos nosotros.