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  martes, 06 de enero de 2009
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Turismo responsable: una opción de futuro

Almudena García Álvarez
Directora Instituto de Turismo Responsable
www.turismoresponsable.org

El turismo es ya una de las mayores industrias del mundo, y por tanto un poderoso elemento de desarrollo e interrelación entre los pueblos. No obstante, si bien el turismo puede convertirse en una actividad capaz de impulsar la conservación ambiental, la cohesión social y económica y el enriquecimiento cultural, también puede convertirse en un factor de destrucción de identidades y territorios. En palabras de R. Fox, “El turismo es como el fuego, puede ayudarnos a cocinar nuestros alimentos pero también puede quemar nuestra propia casa”.

Por otra parte, ocurre también que la actividad turística se basa en la utilización de unos recursos sociales, culturales y ambientales singulares, por lo que su conservación es esencial para la supervivencia de la propia actividad. Es precisamente en el caso del turismo donde el concepto “sostenible” entendido como “perdurable en el tiempo” se llena de significado, pues la relación entre conservación de recursos y viabilidad de la actividad económica es, en buena parte de los casos, directa.

Partiendo de esta premisa, entendemos que el comportamiento responsable de la industria turística no apela únicamente a condicionantes éticos, sino que sin su aplicación se puede acabar con la base misma de la actividad. Así , la adecuada conservación y valorización de recursos constituye un factor clave para la competitividad futura de los diferentes destinos y productos turísticos.

Por la propia naturaleza de la actividad, a nivel conceptual, el turismo no tendría que agotar los recursos ni degradarlos, no estamos hablando de una actividad de tipo extractivo o de transformación. No obstante, son incontables los ejemplos de áreas turísticas absolutamente degradadas y “agotadas” en cuanto a su valor turístico. Así pues, si bien es cierto que el turismo mal gestionado puede poner en riesgo los valores naturales, culturales y socio-económicos de un destino, es también cierto que, desarrollado de forma racional, no tiene por qué dañarlos, y además puede contribuir a la promoción y conservación de las potencialidades endógenas y resultar muy enriquecedor para visitante y visitado.

Puede ser precisamente la actividad turística la que conlleve la puesta en valor de un determinado recurso, pues al generar interés se le dé una protección que antes no tenía. En otros casos, gracias al turismo se evitan prácticas agresivas con el entorno, precisamente porque éste constituye el foco de atención y esencia de la actividad turística, que resulta más rentable que las anteriores prácticas. De esta forma, la población obtiene, de un lado, mejores rentas, y de otro, la posibilidad de disfrutar de sus recursos conservados.

Para que esto último ocurra, es necesario abordar la actividad turística desde la correcta planificación y ordenación, respetando en todo caso las premisas de la sostenibilidad:

•  Deben respetarse las capacidades de carga de los espacios para la adecuada conservación de los recursos y evitar masificaciones que degeneren en la pérdida de interés.

•  Las comunidades locales deben verse beneficiadas por la actividad turística, mediante una adecuada planificación de las inversiones, estrategias participativas y acceso a los recursos turísticos.

•  Debe protegerse la idiosincrasia local, garantizando la pervivencia de las culturas locales, que forman parte del atractivo turístico y cuya conservación es básica para el bienestar social.

El turismo aumenta el impacto sobre el medio ambiente natural, tanto por el consumo de recursos naturales y de espacio (agua, tierra y paisaje, mar…) como por el aumento de desechos generados. A la vez, el turismo depende de un ambiente saludable y de la preservación de la riqueza ecológica, por lo que resulta imprescindible alcanzar un equilibrio perdurable entre la actividad turística y el uso del territorio y los recursos. Además, un excesivo número de visitantes no sólo degrada el recurso, sino que también afecta a la capacidad de disfrute del turista, que se encuentra con espacios abarrotados e incluso inutilizables por la masificación existente. Se hace pues necesaria una planificación turística que prevea, por un lado, la capacidad de acogida del espacio turístico para no superarla, y por otra, la creación de infraestructuras suficientes para garantizar una adecuada conservación ambiental (vertederos acondicionados, depuradoras, etc.). Asimismo deben crearse las figuras adecuadas de protección sobre el medio natural para garantizar su preservación, controlar el flujo de visitantes y contar con planes específicos de gestión y conservación que aseguren su continuidad.

En cuanto a la dimensión económica, podemos afirmar que en muchos casos los esfuerzos de los destinos se han centrado en aumentar las llegadas de turistas, con la idea no siempre cierta de que un aumento en este número lleva asociado en todo caso un aumento en los beneficios económicos. Sin embargo, en contadas ocasiones se analiza el esquema de distribución de estos ingresos entre la población local, en relación a la mejora de su calidad de vida. Es precisamente esta repercusión de los ingresos en la población, a partir del aumento de los niveles educativos y sanitarios de los residentes, así como la inversión en la conservación del patrimonio natural y cultural, lo que constituye una de las bases de la sostenibilidad de la actividad turística.

Para entender el porqué de esta afirmación, es necesario examinar lo que el turista busca en un destino. En general, se tiende a buscar un lugar de bonitos paisajes, playas conservadas, riqueza natural y recursos culturales atractivos. Asimismo, constituye también un requisito básico la seguridad y la estabilidad social. Ahora bien, si los ingresos generados por la actividad turística no se orientan a la conservación de los recursos ni a la mejora de la calidad de vida de la población, conseguiremos la degradación del entorno y una población insatisfecha con la actividad turística, lo que supone un clima poco acogedor para el visitante a causa del rechazo social, y un aumento de la conflictividad y pobreza por una injusta distribución de los beneficios. En definitiva, estaremos acabando con la base misma de la actividad turística.

Por su parte, la dimensión cultural de un destino constituye su propia identidad, el recuerdo histórico de la comunidad, así como la expresión de su sentir artístico, ético y religioso. El turismo ofrece oportunidades de intercambio cultural y experiencias, por lo que debería ser una herramienta positiva para la conservación y el desarrollo: el patrimonio es un atractivo turístico, y, gracias al turismo, debe aportar beneficios a la comunidad anfitriona. No obstante, igual que en el caso de los recursos naturales, estos recursos tienen también una capacidad de acogida limitada. Nos referimos tanto a la capacidad de acogida espacial (por encima de cierto número de visitantes el recurso se puede ver negativamente afectado), como la económica (para evitar desequilibrios con otros sectores de la economía), la social (los residentes ven el excesivo número de turistas y se sienten “invadidos”) y la cultural (la cultura local pierde identidad y se mercantilizan las tradiciones). Así pues, las estrategias de sostenibilidad son básicas para establecer un aprovechamiento racional de estos recursos no renovables, a partir de la adecuada planificación, conservación y limitación de visitantes.

Además de las razones de pura pervivencia de la actividad turística, existen otras a favor del turismo responsable, más directas y cortoplacistas. Sencillamente, el producto que se ofrece al turista puede ser más interesante. Sin basarnos en la ideología conservacionista que el turista pudiera o no tener, es probable que sean preferidos los destinos poco masificados, con identidad cultural propia, y con un entorno adecuadamente conservado. En resumen, un producto diferente, basado en la autenticidad y el respeto, asociado a una fuerte implicación y conocimiento del destino visitado: La sostenibilidad en sí misma como producto turístico.

La industria turística comienza a adaptarse a esta realidad, y prosperan las alianzas responsables y códigos éticos entre las empresas y gestores de los destinos, lo que constituye una baza fundamental en el compromiso por la sostenibilidad. Por su parte, las certificaciones responsables juegan igualmente un papel importante en la consolidación del desarrollo sostenible del turismo, ya que actúan, por una parte, como herramienta de ayuda al destino para controlar la sostenibilidad de sus actuaciones; y por otra, como elemento de garantía de cara al turista que demanda un producto turístico sostenible, de calidad y auténtico.

El Instituto de Turismo Responsable (ITR) surgió precisamente con el objetivo de llevar a la práctica los principios adoptados en la Carta Mundial de Turismo Sostenible, suscrita en la Isla de Lanzarote en el año 1995. Como herramienta creó el Sistema de Turismo Responsable y el modelo de certificación “Biosphere”, de tal manera que aquellas entidades públicas y privadas que deseen optar por la sostenibilidad puedan contar con un modelo práctico de aplicación y la posibilidad de obtener la certificación del ITR como garantía de cumplimiento y reconocimiento ante el mercado. En concreto, las certificaciones “Biosphere” son aplicables tanto a destinos turísticos como a rutas y establecimientos, tales como hoteles, casas rurales, restaurantes, centros de turismo, etc.

Por todo lo expuesto, desde el ITR consideramos que sólo siguiendo una estrategia de desarrollo sostenible en el turismo y no de simple crecimiento podemos conservar el atractivo de los recursos naturales y culturales, así como la estabilidad socio-económica de los destinos; manteniendo con ello la calidad de la experiencia turística y el bienestar de las regiones receptoras. Los desarrollos insensatos, desordenados e irrespetuosos, basados en la fiebre especulativa, en la destrucción del entorno y de las culturas están, sencillamente, abocados al fracaso, tarde o temprano.

 


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