¿Puede un instituto cambiar el mundo?

Lunes 17 de Septiembre de 2012

 

Lección inaugural en la apertura del curso del Instituto Medina Albaida, Zaragoza. Por Víctor Viñuales, director de ECODES. 

Ése es el título de mi intervención. Y, claramente, mi tesis es contra-intuitiva. Sí, contra lo que dice el sentido común, yo creo que un instituto puede cambiar el mundo. No me detengo en lo más obvio: en la justificación de por qué el mundo debe ser cambiado. Doy por hecho que, por ejemplo,  una civilización que es capaz de enviar una nave a Marte para saber si hay agua y no es capaz de dar agua potable a sus semejantes es una civilización enferma y que pide a gritos cambios.

Hoy, en el ahora que vivimos todos, este lunes 17 de septiembre de 2012 no quiero hablar mucho  de la crisis. Pero sí quiero hablar de un daño colateral de la crisis: la esperanza está en la UVI.

Y eso es muy grave. García Lorca que, como buen clásico, escribió también para nosotros, decía que el más terrible de todos los sentimientos, es el sentimiento de tener la esperanza muerta.

Nosotros, padres, madres, jóvenes, profesores, ciudadanía en general… privados de esperanza, deambulamos desnortados por las calles y las aulas. En ausencia de esperanza, se exilia el ánimo y sin éste nos afligimos y nos aflojamos.

Pues bien, mi intervención de hoy tiene como objetivo convocar el reservorio de coraje que permanece oculto tras los pliegues que provoca en nosotros esa sucesión de días gélidos.

Un instituto, este instituto, por ejemplo, puede cambiar el mundo y voy a explicar por qué, voy a explicar cómo y  voy a explicar quiénes lo deben cambiar.

Voy a exponer los 5 principales motivos por los que creo que un instituto puede cambiar el mundo:

Primer motivo:

Mucha gente contempla el inmenso poder de los mercados de la economía global, vuelve la vista al patio de un instituto pequeño de una ciudad mediana, de un país cada vez más mediano y la impotencia rellena sus vísceras. Pues bien, y ahí va mi primer argumento: el mundo lo cambian los pocos. Las mujeres sufragistas, que cambiaron de forma irreversible la consideración de la mujer en el mundo, eran decenas, no eran miles. Facebook lo inician cinco jóvenes en un cuarto estudiantil. Ahora agrupa a mil millones de personas. Siempre, miremos el fenómeno que miremos, cuando nos remontamos a los orígenes, encontramos unos pocos.

Amigos, amigas, para cambiar el mundo un instituto pequeño se basta y se sobra.

Segundo motivo:

La Historia la escriben los poderosos,  piensa mucha gente. Un instituto es frágil y débil, ¿cómo vamos a cambiar el mundo? Es cierto que los poderosos del mundo escriben páginas enteras de la historia humana. Pero muchas veces los débiles escriben también sus propios párrafos.

Rosa Parks, una mujer negra en Montgomery, una ciudad de EEUU, el 1 de diciembre de 1955 se negó a ceder el asiento en el autobús a un blanco. Ese acto sólo, de una mujer sola, frente a un asiento común de un autobús común, cambió la Historia. El año siguiente, 1956, el Tribunal Supremo de EEUU reconoció la ilegalidad de la segregación racial en los transportes.

Un proverbio etíope dice: “cuando las arañas unen las telas, pueden matar a un león”. Amigos, amigas, no siempre gana Goliat.

Tercer motivo:

Los escépticos dicen: Hoy el mundo lo cambia la economía. Todo lo hace el dinero, es el único dios verdadero.

En un instituto se enseñan ideas, se aprenden ideas. ¿Cómo pueden las ideas solas y desarmadas torcer el brazo al interés, a la codicia, al “tanto tienes tanto vales”, que explica tantos hechos?

Víctor Hugo, sin embargo, decía: “No existe en el mundo nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo”. Sí, amigos, cuando llega, de verdad, el tiempo de una idea, hasta el dinero esconde la cola. Llegó, por ejemplo, el tiempo de las energías renovables. Llegó con el rechazo inicial de las grandes compañías eléctricas que tildaron de locos a los movimientos ecologistas e investigadores que defendían la utilización de la energía solar, de la energía eólica… El otro día, cierto que con trompicones,  un 64% de la electricidad que estábamos consumiendo la aportó el viento. Sí, nada hay más poderoso que una idea cuyo tiempo ha llegado.

Cuarto motivo:

Un instituto está lleno de jóvenes. Y estos tienen la percepción en estos días, y en otros muchos días, de que pintan poco. Tan poco pintan, tan poco valen, que tienen que irse de nuestro país para que los valoren. Pues bien, también por esa razón, por la abundancia de jóvenes, un instituto puede cambiar el mundo.

Detrás de cada cambio, de cada transformación social, sea evolución o revolución, están los jóvenes. Los jóvenes son los que llenan las plazas del mundo para, con flores o gritos, pedir con impaciencia cambios urgentes. A veces no salen, otras sí. Pero los poderosos del mundo sí saben que los jóvenes son quienes cambian el mundo. En revoluciones o en evoluciones. A veces ese cambio ocurre en espacios muy públicos. Pero a veces ese cambio ocurre bajo un flexo estudiantil.

Linus Torvalds, un estudiante de Finlandia, promovió la construcción colaborativa, con la participación de miles de personas de todo el mundo, sobre todo jóvenes, de un software libre, Linux. Esa filosofía ha revolucionado la informática y también la manera de innovar en el siglo XXI.

Pero hablemos de algo más cercano. Hablemos de Zaragoza y Aragón. Hablemos de vuestros padres, madres y de vuestros profes y profas. Muchos de ellos, dicho con palabras de Sabina, tienen escarcha en el pelo.

No sería extraño que varios de ellos estuvieran en las movilizaciones exitosas para que el Mercado Central, o la cercana Plaza de los Sitios sigan donde están. No sería extraño que estuvieran detrás de las movilizaciones exitosas para evitar que se instalaran en Aragón las centrales nucleares. No sería extraño que estuvieran entre quienes con razones y tesón se opusieron, exitosamente, al trasvase del Ebro o la inundación del cañón de Añisclo.  En todas esas exitosas movilizaciones los jóvenes eran los protagonistas. Sí, jóvenes del Medina Albaida, los jóvenes cambian el mundo. Sin ir más lejos, como jóvenes, muy posiblemente los de sienes plateadas que os rodean cambiaron el mundo.

Muchas veces los viejos no valoran lo que pueden hacer los jóvenes. Pero los jóvenes pueden y hacen muchas cosas.

Quinto motivo:

Una de las reflexiones que se escuchan más cuando se habla de la crisis, es que nada es seguro, que todo es incertidumbre, que el paisaje se mueve a cada instante. Pues bien, amigas y amigos, ahí va mi último argumento: cuando nada es seguro, todo es posible.

Con frecuencia la incertidumbre nos trae malas noticias. Pero también estos tiempos radicalmente inciertos traen buenas noticias.

Citaré una de la semana pasada. Cuando parecía escrito que la central nuclear de Garoña tenía todavía larga vida, ahora ya sabemos que tiene los días contados, que el año próximo cerrará.

Cuando nada es seguro, todo es posible. Incluso, las buenas noticias.

Espero haberles movido un poco de su más que justificable escepticismo inicial. Por tanto, después de estas 5 razones por las que un instituto puede cambiar el mundo quiero aportar también las 5 maneras en que puede hacerlo.

1ª MANERA

Un instituto cambia el mundo, en primer lugar cuando, a contracorriente, empapa con otros valores el corazón de los alumnos, cuando no sólo hace una educación efectiva sino también hace una educación afectiva.

Los valores, como no se ven, parece que pesan menos en el aprecio público que las cosas que sí se ven: la tecnología, las infraestructuras. Muchas personas, al menos hasta anteayer, aplaudían cuando se invertían 200 millones de euros en un aeropuerto y muchas personas se escandalizaban de cómo se podían gastar 200.000 euros en una iniciativa para promover la cooperación o la tolerancia entre los jóvenes.

Ahora, con la crisis, sin embargo, todo está cambiando y ya hay muchas personas que entienden que a la postre, como en los icebergs, la parte que no se ve, los valores, es la parte más importante.

O es que la codicia, la vieja codicia, no explica muchos de los hechos que hemos visto de lejos, Lehman Brothers,  o de cerca, la CAM, en el mundo financiero.

Mucho de lo que existe tiene que ver con que determinados contravalores han crecido, como las malas hierbas, y han llenado de vegetación tóxica el campo social. Esos abundan…

Pero hay otros que escasean. Pondré un ejemplo para que veáis como el que existan unos valores u otros cambian, o pueden cambiar, radicalmente, el mundo material.

Yo, como tantos, tengo coche y hace poco hice números sobre mi coche. Resumo: de las 168 horas de la semana lo utilizo, un 4% del tiempo. Animado hice el cálculo también de cuánto tiempo utilizan mis padres el apartamento que, como buenos maños, tienen en Salou. Resumo: como máximo 1 mes de 12.

¿Creen ustedes que con este despilfarro tan enorme los 7.000 millones de personas que habitamos el planeta podemos cubrir nuestras necesidades de forma equitativa?

Pues bien, esta es la economía del propietario con la que hemos vivido en España hasta ahora. Pero hagamos historia ficción. Imaginemos como estaría la costa del Mediterráneo si, en lugar de estar impregnadas de esta cultura de la propiedad, hubieran vivido con la idea de la economía compartida, con la idea, en el fondo, del lujo de la no propiedad.

Pues bien, de un plumazo desaparecerían millones de apartamentos, en los que como país hemos  enterrado recursos  que no teníamos, habría muchas más playas vírgenes, habría muchos más hoteles, hostales,  campings… En definitiva, más empleo. Y, estoy seguro, hubiéramos gozado más, hubiéramos sido más felices los días que hubiéramos pasado junto al mar y hubiéramos pasado menos hipotecados el resto del año, el largo resto del año.

Por tanto, un instituto puede cambiar el mundo cuando, en el “roce” entre ideas y hechos que se producen en la comunidad educativa, se produce, como en una colmena, los valores que el mundo nuevo necesita.

¿Es que no estamos descubriendo ahora que la decencia, la transparencia, la justicia, la solidaridad, la tolerancia son vitales en una sociedad para vivir una vida digna?

¿Acaso no hemos descubierto estos últimos años que el que cada ciudad tenga un aeropuerto, es muy prescindible, pero el que los políticas públicas sean inclusivas es algo fundamental? Cómo también es fundamental que en el siglo XXI nos sintamos ciudadanos del mundo, que seamos corresponsables de su devenir y que ejerzamos  la responsabilidad cognitiva del que sabe.

En este asunto de la responsabilidad del que sabe nuestra civilización tiene un problema serio. Ha avanzado mucho la tecnología, pero los valores se han quedado rezagados. En la tribu ONONDAGA, en EEUU, era habitual ponderar qué influencia tendría sobre las siguientes cuatro generaciones cada una de las decisiones que se tomaran.

Ejercían, pues, una solidaridad intergeneracional. Qué diferente es esta manera de pensar de la que ha estado tan extendida en nuestros países occidentales: la prioridad era la ganancia inmediata, para mí, aunque eso significara que estábamos arruinando a las generaciones venideras, que es tanto como decir, arruinando a nuestros propios hijos.

Cuando hablamos de las crisis que vivimos, hablamos de la económica, la ambiental, la social… y muchas veces nos olvidamos de esta cuarta crisis que explica bastante de lo que ocurre en las otras tres, la crisis de los valores.

2ª MANERA

Un Instituto cambia el mundo cuando en las aulas y los pasillos se crea un humus fecundo en el que crece la innovación. La innovación tecnológica y la innovación social.

Innova, sobre todo, quien no está apegado a la inercia, al “así se hacen las cosas”, al “está todo inventado”.

Los jóvenes no están tan atados a las respuestas antiguas. Pueden plantearse nuevas preguntas y encontrar nuevas respuestas.

Si miramos a las empresas emergentes en los últimos años, Google, Twitter, Microsoft… muchas de ellas fueron incubadas por estudiantes.

Recientemente hubo un concurso internacional de premios a la innovación de adolescentes. Os cuento algo de los premiados: dispositivo de filtración de agua para uso en países menos desarrollados, danza  para mejorar la calidad de vida de los niños autistas, tecnología de enfriamiento para trajes espaciales…

Si, queridos alumnos y queridas alumnas, las ideas que tengáis no las guardéis en el armario. Dejadlas volar. Posiblemente para construirlas, para hacerlas realidad, los mayores son más diestros,  pero para diseñarlas, para imaginarlas, nadie como vosotros, sin el lastre de la inercia.

3ª MANERA

Un instituto, desde mi punto de vista, tiene  otra  potente herramienta para cambiar el mundo: su ejemplaridad, su congruencia, su coherencia.

Einstein decía rotundamente: “Dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás, es la única manera”.

Con esa máxima en la cabeza,  los institutos de este país se podrían convertir en ejemplos vivos de:

*un uso sostenible de los recursos (eficiencia energética y ahorro en el uso del agua, papel, energías renovables…)

*de transparencia

*de gobernanza

*de alimentación y estilo de vida saludable

*de gestión de conflictos a través del diálogo….. etc.

Si los Institutos practicarán sólo un 50% de lo que predican los libros de texto, un 50% de lo que predican los profesores y un 50% de lo que predicamos los padres… el centro pasaría a ser una avanzada del futuro,  una demostración de que otro mundo es posible,… un faro que señalaría a la sociedad el porvenir.

Hace unos pocos años oí en Centroamérica  por primera vez una anécdota de Gandhi. Me dejó helado. La voy a contar.

Una madre hindú, acompañada de su hijo adolescente,  llega a presencia de Gandhi y le pide a éste que, por favor, le diga a su hijo que” no coma dulces  que le harán daño”. Le pide este favor porque su hijo tiene mucha fe en este líder hindú. Gandhi le dice que vuelva después de 15 días. La madre vuelve a su pueblo, a un día de camino  de la residencia de Gandhi, y vuelve 15 días después. Gandhi los reconoce al verlos, se dirige directamente al niño y le susurra al oído unas frases. La madre, que no ha oído estas palabras, le pregunta” ¿qué le ha dicho a mi hijo?”. Gandhi le contesta: le he dicho” que no coma dulces, que le harán daño el día de mañana”… La madre le vuelve a preguntar ¿Y porque no le dijo a mi hijo  estas mismas frases hace 15 días cuando estuvimos aquí por primera vez? Gandhi concluye:” es que hace 15 días yo también comía dulces”.

Padres y madres, docentes y, añado yo, ONG empleamos mucho tiempo en decirles a los jóvenes lo que deben hacer. Buena cosa. Tendríamos más efecto si lo dijéramos después de que nos hubieran visto haciéndolo. La congruencia es más trabajosa, pero es más eficaz.

Los jóvenes aprenderían más y la sociedad circundante aprendería más si el centro fuera un hervidero de buenas prácticas del nuevo mundo que queremos.

En los institutos se habla mucho de la imperfección del mundo, de la necesidad de hacerlo mejor, de cambiarlo. Mi propuesta es que, además de seguir con esta impugnación, dediquen el 50% de la energía a cambiarse a sí mismos.

León Tolstoi lo decía con la brevedad de los clásicos: “Todos quieren cambiar el mundo, pero nadie quiere cambiarse a sí mismo”. Gandhi nos retó, más o menos, en la misma dirección: “debes convertirte en el cambio que deseas ver en el mundo”.

Los institutos, en mi opinión pueden y deban anunciar con hechos el cambio necesario.

Haciéndolo así, recuperaran un rol de anunciador del porvenir, recuperaran liderazgo social. Serán referencia. Serán imitados.

4ª MANERA

Hay otra cuarta manera en que un instituto cambia el mundo: volviendo al núcleo del hecho educativo. Ese hecho del que padres y madres conocemos la sustancia pero que es muy complicado practicar.

Plutarco decía: “el cerebro no es un vaso que llenar, sino una lámpara por encender”

“Educare”, una palabra latina, quería decir, sobre todo, “extraer del niño o la persona aquello que ya está en ella”.

Sin embargo, los afanes de padres, madres y del sistema educativo son, sobre todo, llenar vasos con conocimientos. Es comprensible.

El desafío que lanzó Plutarco no es fácil de resolver. Sigue vigente. Encender la lámpara que cada niño lleva dentro es una labor de artesanía  y no de manufactura.

Si los institutos tuvieran ese norte como quía no pasaría que muchos jóvenes se encaminan arrastrando los píes no hacia la profesión que les apasiona sino a la profesión “que tiene más salidas”. Mala cosa, Cuando al destino no lo empuja el corazón sino la convención de turno.

5ª MANERA

Y la última manera que quiero apuntar tiene mucho que ver con el momento actual de los institutos de nuestro país.

Muy posiblemente algunos docentes al escucharme hoy están pensando: “qué buenas palabras si no estuviéramos viviendo una tormenta perfecta. Menos profesores, más alumnos, menos presupuestos, desaparición de  intervenciones educativas en los centros que complementan la labor docente como proyectos de convivencias, tutorías individualizadas, desdobles, etc.”

Tienen razón. Estamos viviendo tiempos oscuros. Pero en estos malos tiempos para la lírica, plagados de rabia, de tristeza, de indignación también podrían ser los tiempos en que padres y madres, alumnos y alumnas, profesores reaccionen, cómo reacciona el sistema inmunológico  ante una infección grave, y logren que el sistema educativo sea valorado por la sociedad de un modo nuevo.

Nunca se valora más lo que tenemos, sea la salud o el amor, que cuando estamos a punto de perderlo.

La sensación de que podemos perder muchas cosas valiosas de nuestro sistema educativo debería generar una reacción en la comunidad educativa y así hacer pedagogía socia masiva:

         La educación no es un gasto, es una inversión de futuro. Un país que no invierte en educación es un país zombi, sin esperanza.

Durante años los profesores han sufrido una erosión de su reputación social. Debe ser el momento de invertir esa tendencia y poner las prioridades sociales en su sitio. Colocar  mármol en los suelos públicos es un despilfarro a corregir. Ir contra la historia y desinvertir en el sistema educativo de España es, sobre todo, un acto estúpido.

Los institutos pueden ayudar a cambiar el mundo cuando ayudan a que la sociedad ordene las  prioridades sociales no desde la parcialidad unilateral del que defiende unilateralmente lo propio, sino del que defiende el sistema social especializado en el conocimiento, en el saber,  en la preparación del futuro: el sistema educativo.

Decía al principio que también quería comentar quién lo puede cambiar.

En los últimos tiempos, en Occidente, todo está lleno de especialistas. Para cualquier parcela de la acción social hay una profesión específica. Por eso no sorprende que se haya sobreentendido que de educar a los niños y jóvenes se encargan los docentes.

En el fondo sabemos que eso es radicalmente falso. Hay un proverbio africano que lo niega afirmando: “para educar a un niño hace falta la tribu entera”.

Los profes educan, la tele educa, Mourinho educa, los vecinos educan, las canciones de Lady Gaga educan, los padres y madres educamos –MUCHO, muchísimo- y los otros niños y jóvenes también educan.

Educamos TODOS, con nuestras palabras y nuestros silencios, con nuestros actos y nuestras omisiones. Es más, nos educamos unos a otros.

¿Qué padre no se ha visto obligado a hacer más congruentes sus actos con el discurso que había impartido la mañana anterior el profesor en la clase de su hijo sobre el ahorro de agua?

Vivimos en una dependencia recíproca, pero también es cierto que nuestro foco es la educación de los niños y los jóvenes. En ellos reside la mayor esperanza del cambio disruptivo  que el mundo necesita.

En esa tarea cada sector de la comunidad escolar tiene una cuota, parte de responsabilidad. Antes se decía en los pueblos: “la calle estaría limpia si cada cual barriera un trozo de acera”. Los tramos de acera son distintos, pero todos tenemos nuestro trozo. Lo tenemos los padres y madres. Lo tienen contra lo que se cree los propios jóvenes, que muchas veces van solo a favor de la corriente de los compañeros, como van en el río los peces muertos.

Profes, madres, padres, alumnos, alumnas, sí, un instituto puede cambiar el mundo pero se necesita coraje y fortaleza de todos, para no abandonarse y caminar solamente por el camino ya gastado y se necesita pasión.

Los adultos, sobre todo, remedando al poeta William Butler Yeats, debemos caminar suave porque nuestros hijos, vuestros alumnos, han esparcido sus sueños bajo nuestros pies. Algunos de esos sueños podrían cambiar el mundo.

Encabecé mi conferencia con una pregunta provocadora ¿puede un instituto cambiar el mundo? Y he dedicado estos minutos sobre todo a hacer un alegato a favor del coraje y la esperanza.

Y lo he hecho porque estoy convencido de que, como decía Herodoto, “nuestro estado de ánimo es nuestro destino”. El pesimismo actual, como una metástasis, está corroyendo nuestro presente y nuestro futuro.

No digo que no tengamos un espacio para el dolor que nos circunda, no digo que no reaccionemos con fortaleza frente a las agresiones. Lo que digo es que reservemos fuerzas y talentos para crear y construir con esperanza el destino que queremos.

 
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