Novena crónica de la COP26, fuera de la valla, lejos de Glasgow. Víctor Viñuales, director de ECODES.

En la calle en la que están ubicados los primeros controles de acceso se instaló una tarde un letrero luminoso. El que ilustra esta crónica. “Loss and damage”, dice. Pérdidas y daños, se diría en español.

El letrero luminoso reclamaba el cumplimiento de una promesa enunciada en la Cumbre de Copenhague en el 2009, hace ya doce años. En esa COP, los países más ricos se comprometieron a compensar el daño que el cambio climático está causando y va a causar a los países del Sur del planeta que, en general, apenas han contribuido a la creación del calentamiento global. La cifra fue 100.000 millones de dólares.

Han pasado los años y esa promesa sigue incumplida. Según la OCDE, en el año 2019 esa transferencia de recursos fue de 80.000 millones de dólares, y muchos de esos millones fueron en concepto de préstamos. No es lo mismo prestar que donar. No es lo mismo.

Las emisiones de muchos de los países del Sur, tanto absolutas como porcentuales, son muy pequeñas. Y sus emisiones per cápita están por debajo de las que serían razonables en un planeta sostenible (1,7 toneladas) y muy lejos de las que tienen muchos países industrializados. Según el Banco Mundial, en el año 2018: Estados Unidos,15 toneladas; Alemania, 8,6 toneladas; Canadá,15 toneladas; España, 5,5 toneladas.

Las emisiones de Honduras rozan la tonelada, pero es uno de los países con más daños climáticos. No ha tenido ni tiene responsabilidad en la generación del problema climático, pero sufre sus más graves consecuencias. Es comprensible que los países que sufren esta profunda injusticia climática muestren su enfado y reclamen el cumplimiento del compromiso de Copenhage. Lo han hecho hoy, lo harán los próximos días. Esta COP26 debe afrontar este gran asunto, la muy grave injusticia intrageneracional.

Hoy llegó Obama a la COP. Lleno en el Plenario. Abundancia de cámaras de televisión. En su discurso ha hecho una confesión personal: las imágenes de distopía empiezan a colarse dentro de mis sueños”. Para muchos millones de personas en los países más amenazados por las catástrofes climáticas, la distopía no está en sus sueños, está en sus días.

Los supervivientes de algunas de esas catástrofes han estado hoy en la COP y han contado que sus sueños también están manchados de dolor.

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