Publicado el Sábado, 22 Noviembre 2025
La COP30, conocida como la “COP de la verdad”, debía asegurar una implementación ambiciosa para alcanzar el límite del 1,5 ℃, pero la falta de referencias a la transición a salida de los combustibles fósiles en el documento final la han convertido en la COP de las ausencias
Plenario final de la COP30 en Belém

La COP30 en Belém, celebrada en la Amazonía, no ha sido fácil. Llegaba en un momento especialmente delicado en la gobernanza mundial, con un escenario geopolítico tenso, una crisis climática cada vez más intensa y diez años de compromisos internacionales que, en muchos casos, no están alcanzando los objetivos previstos al ritmo necesario.

Dos semanas de calor intenso, lluvias torrenciales e inundaciones, algún disturbio y hasta un incendio, han definido un camino intenso para la llamada “COP de la verdad”. El “Mutirão” se convirtió en la palabra emblemática de esta cumbre. Más que un concepto, fue una declaración de intenciones, la idea brasileña de movilización colectiva y cooperación práctica. Ha sido la táctica empleada por la Presidencia de la COP30 para desbloquear negociaciones estancadas, agrupando en un único espacio cuatro temas altamente políticos, y profundamente interconectados, que estaban bloqueando el avance general.

Por otro lado, la sociedad ha vuelto a las calles tras tres ediciones consecutivas celebradas en países con fuertes restricciones a las libertades civiles. Belém ofreció un grado de apertura y participación que no se veía desde la COP26 celebrada en Glasgow en 2021. Esta vez, fue posible una movilización en el espacio público, recordando que la presión social sigue siendo un motor indispensable para la ambición climática.

Una cumbre del clima es, por naturaleza, compleja. Con procesos que combinan diplomacia internacional sobre cientos de temas simultáneos, múltiples líneas de negociación y un ecosistema de actores —gobiernos, sociedad civil, empresas, regiones, pueblos indígenas, organismos multilaterales— que no deja de crecer. Las COP no son perfectas, pero siguen siendo el espacio central del multilateralismo climático, el único lugar donde el mundo intenta actuar de forma coordinada para ser más resiliente frente a la crisis climática. Esta arquitectura, sin embargo, necesita adaptarse a las nuevas realidades en las que cada vez hay más actores involucrados, se tratan más temas y más complejos, con mayor fragmentación geopolítica y con expectativas ciudadanas más altas.

El hecho de que la COP30 se haya celebrado en Belém, con la participación de 194 países y miles de personas —unas 56.000 acreditadas— es un éxito en sí mismo. Una cumbre del clima es, además de un espacio de negociación de políticas globales, el encuentro anual de muchas de las personas que quieren cambiar el mundo y que, de hecho, ya lo están haciendo. Que trabajan o participan en administraciones públicas comprometidas, en empresas que apuestan por la descarbonización, ONG que impulsan una economía neutra en carbono, científicos que ofrecen soluciones, innovadores climáticos de todo el planeta. En este espacio de colaboración, nacen decenas de iniciativas multiactor que no requieren consenso universal. Son alianzas voluntarias, alineadas en propósito, que ya están transformando sectores enteros de la sociedad independientemente de la política.

Diez años después de la aprobación del Acuerdo de París, era el momento para renovar la ambición climática y lanzar una señal clara de que la implementación se convertía, por fin, en una prioridad real. Desde ECODES, analizamos cuatro temas clave sobre los que ha pivotado la negociación.

En primer lugar, la creación de un mecanismo para la transición justa era una de las prioridades reclamadas por la sociedad civil, que buscaba asegurar que la implementación del Acuerdo de París pusiera a las personas en el centro del proceso. Se ha aprobado, pero nace incompleto. Su diseño, alcance y funciones quedan prácticamente por definir, lo que tendrá que aprobarse en la próxima cumbre. Además, varios de los pilares esenciales de una transición justa —la salida progresiva de los combustibles fósiles, la adaptación, la financiación y la ambición climática— quedaron fuera del paquete final de decisión.

En materia de mitigación, no se ha alcanzado un acuerdo que acelere la ambición y la implementación. Cuando era imprescindible reafirmar el límite del 1,5 ℃, el resultado se diluyó en diálogos y procesos voluntarios, sin avanzar en la cuestión fundamental de la transición para la salida de los combustibles fósiles. Esta discusión —impulsada con firmeza por Colombia, 24 países que firmaron la Declaración de Belém sobre la transición justa hacia la eliminación de los combustibles fósiles y el apoyo de otros 50—no llegó a la agenda formal y quedó relegada a conversaciones bilaterales. Con la mirada puesta en el Foro de Santa Marta, en abril de 2026, se espera que esta coalición pueda fortalecerse y llegar con propuestas más estructuradas a la COP31.

La adaptación, que debía ser uno de los ejes centrales de esta cumbre, terminó desdibujada. El debate se concentró en la definición de los indicadores necesarios para fijar un Objetivo Global de Adaptación, pero el proceso debe seguir al aprobarse un texto con objeciones por la falta de tiempo de revisión y que no refleja las prioridades expresadas por las Partes. A pesar del bloqueo político, se acordó buscar triplicar la financiación para la adaptación en 2035, tomando como referencia los niveles de 2025. Es un avance, pero insuficiente frente a la magnitud de los impactos que ya enfrentan los países más vulnerables.

Por último, la financiación era uno de los grandes puntos de tensión, especialmente ante la necesidad de aclarar cómo se implementará el Nuevo Objetivo Colectivo Cualitativo fijado en Bakú, y que implica la movilización de 300.000 millones de dólares anuales hasta 2035. Se presentó un informe con propuestas para movilizar recursos y se avanzó en varios elementos técnicos, pero la discusión volvió a evidenciar que la financiación sigue siendo un terreno de profundas divisiones, desacuerdos estructurales y fuerte disputa política, agravada por el repliegue internacional de Estados Unidos de los procesos multilaterales.

“Se suponía que la COP30 iba a celebrar una década del Acuerdo de París. En cambio, nos ha recordado que el multilateralismo se enfrenta a fuertes tensiones. Los procesos bilaterales se están fortaleciendo, pero el consenso se está debilitando. París no fue perfecto, ni tampoco Belém. Pero este proceso es lo único que tenemos para coordinar una transición global justa que deje atrás los combustibles fósiles. Para mantener vivo el objetivo de 1,5 °C, ya no hay lugar para promesas vacías: solo queda la implementación”, concluye Pablo Barrenechea, director de Clima y Mercado de la Sostenibilidad en ECODES.

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