Daniel Gómez relata cómo ambos aspectos -que dan nombre a esta fundación- resultan compatibles y necesarios para el bienestar

Ya han pasado casi treinta años desde que las dos palabras que encabezan este escrito se eligieron, de manera innovadora entonces, para dar nombre a nuestra fundación ECODES y resumir la visión y misión de la naciente andadura. 

En los últimos años, los términos “ecología” y “desarrollo” son habituales en el lenguaje de foros, programas, planes estratégicos y estudios prospectivos de toda índole. Ahora, bajo el marco del Día Mundial del Medioambiente y desde mi atalaya de los Pirineos y su entorno rural, creo oportuno comentar ambos conceptos, precisamente por la profusión de su uso y porque dudo de que siempre se utilicen con conocimiento y, menos aún, con convicción. 

Precisemos que “ecología”, en su primera acepción, es el estudio de las relaciones de los seres vivos con su entorno, incluida la actividad humana pero sin entrar a juzgar lo que esta actividad depare a la naturaleza. En el lenguaje común, sin embargo -y me quedo ahora con este significado-, se entiende la ecología como sinónimo de “conservación” o “preservación” de la naturaleza. Así que se califica “ecológico” lo que parece beneficioso para el medioambiente desde nuestro punto de vista. De aquí, quizás, surge algún malentendido. 

La novedad que en su día supuso unir “conservación” y “desarrollo” consistió en defender que ambos aspectos resultaban compatibles y necesarios para nuestro bienestar cuando aún muchas voces los consideraban antagónicos. Es decir: si se optaba por la “conservación”, se hipotecaba el “desarrollo” y viceversa. Desde esta asunción se rechazó en su día, por ejemplo, la declaración en los Monegros un Parque Nacional de zonas áridas cuyos ecosistemas son en nuestro país únicos a escala europea y no cuentan todavía con figura de protección. Desafortunadamente, cuando escucho declaraciones de algunos referentes de la economía y la política, sospecho que mantienen esa creencia y que su discurso conservacionista surge a regañadientes o con oportunismo. Véase si no el afán de interpretar una declaración de impacto ambiental negativa o una sentencia judicial que desestima un determinado proyecto (ampliación de estación de esquí, embalse, trazado viario, etc) como un mero obstáculo temporal que hay que saltar como sea para retomar cuanto antes la iniciativa rechazada. Siento que muchas decisiones se adoptan ignorando el valor creciente de una naturaleza menguante y cada vez más demandada, desconociendo los servicios de los ecosistemas de los que somos cada vez más dependientes, pasando por alto que en muchos territorios de montaña, el desarrollo de la conservación es la mayor oportunidad para afrontar el reto demográfico y la degradación de los agroecosistemas y su paisaje.  

En el otro extremo, las posturas conservacionistas a ultranza propugnan ahora abandonar el apoyo a la vida rural y optar por el asilvestramiento (rewilding). Quizás ignoran que la mejor manera de conservar es utilizar, que la planificación racional y las técnicas de restauración ecológica pueden remediar cada vez mejor algunas de nuestras huellas y que la naturaleza que nos rodea es fruto –a veces dulce y otras amargo– de nuestra actividad ancestral. Gran parte de la biodiversidad y el paisaje han surgido en nuestra continua búsqueda de supervivencia y bienestar. El abandono ocasiona un deterioro en la naturaleza igual o mayor que algunos de los usos que se combaten. Sirvan de ejemplo la matorralización de los pastos, la proliferación de masas forestales (¡que no son bosques!), los daños causados por la expansión del jabalí… Vale decir que ¡conservar no es momificar!

En fin, todavía queda mucho por avanzar en la pedagogía de nuestra relación con la naturaleza, inevitablemente sustentada en su explotación, en el nexo entre explotación y conservación, en delimitar usos y abusos y en rebatir posturas extremas. Estas son, en mi humilde opinión, tareas primordiales para quienes por nuestra profesión o compromiso social tenemos un papel relevante en el futuro del medioambiente. Aquí ECODES sigue siendo un referente imprescindible. No queda otra. 

Daniel Gómez

Consejero de ECODES

Científico titular del IPE (CSIC)

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