Víctor Viñuales, nuestro director ejecutivo, hace un llamamiento a la acción inmediata "sin esperar a ser perfectos"

Se derrite el Ártico, arde Siberia, arde California, arde Grecia, se inunda Alemania, los países mediterráneos vivimos temperaturas inhumanas, Nueva Orleans vuelve a inundarse, aumentan los fenómenos catastróficos extremos, el nivel de mar sube, el clima lejano enloquece y el cercano también. Las señales se acumulan y los científicos del clima nos dicen: “Tenemos que hacer una transición urgente, en menos de 10 años, de una economía basada en los combustibles fósiles a una economía neutra en carbono”. Tiene que ser un cambio masivo, en todo el planeta. Y tiene que ser un cambio profundo: necesitamos modificar leyes, tecnologías y, lo más duro, hábitos. En fin: tenemos que hacer un cambio disruptivo, una revolución.

Podríamos decir, remedando a Marx, que un fantasma recorre el mundo: una inmensa y creciente minoría tiene la convicción de que necesitamos cambiar nuestro modelo de producción y nuestro estilo de vida.

Esa convicción se infiltra en las aulas y por eso los jóvenes salen a las calles a reclamar lo que es suyo: un futuro digno. Y esa convicción entra en las organizaciones, las empresas y las instituciones… Incluso algunas de estas entidades se declaran en emergencia climática.

La humanidad no ha estado nunca ante un desafío de esta dimensión. En el fondo se trata de rehacer el clima del planeta, que previamente hemos desecho. La magnitud de ese desafío y las dudas razonables de si seremos capaces de resolverlo satisfactoriamente enferma las almas, y el déficit de esperanza crece de forma alarmante.

Tendríamos que ser dioses, o al menos héroes y heroínas, para estar a la altura del desafío que afrontamos. No lo somos. Somos pequeños, somos frágiles, somos imperfectos, y la voluntad y la esperanza con las que la humanidad ha alcanzado increíbles metas -nuestras grandes armas- desfallecen con frecuencia.

Tenemos que hacer una gran movilización cívica global. Tenemos un problema común, la crisis climática que hemos creado, y tenemos que actuar en común para resolverla. Tenemos que implementar con ambición y sin dilación el Acuerdo de París.

Pero, amables lectores, hay dos fuerzas malignas, muy poderosas, que debilitan enormemente esa gran movilización cívica global: el particularismo de la tribu y el sectarismo soberbio (valga la redundancia).

Los particularismos crecen bajo la forma de banderas nacionales, de religiones, de lenguas, de razas, de culturas... abriendo una y otra vez brechas entre nosotros y los otros. Los otros no son fraternos semejantes con un planeta común que defender, los otros son enemigos, son rivales, son malos…

El expresidente Trump lo decía de una forma muy descarnada: primero mi particular país. Hay muchos gobernantes que dicen cuidar su patria y se olvidan de la de los demás. Ignoran que respiramos una atmósfera común, que nos bañamos en océanos comunes y que no cabe una solución particular al gran problema común de nuestro tiempo: la emergencia climática que estamos viviendo.

El otro gran enemigo es el sectarismo que infecta, cual virus letal, cuerpos muy distintos. Dicen algunas empresas: “Yo con las ONG no voy a ningún lado”. Dicen algunas ONG: “Con las empresas no hay nada que hacer”. Dicen algunas administraciones públicas: “Yo mando, ustedes obedezcan” …

Todos pidiendo al otro una perfección que nadie tiene. El ecologista de ayer denuncia las incoherencias del converso reciente. Doliente de las heridas de ayer, no acepta el cambio del recién converso.

Lectores amables, no tenemos tiempo para hacernos perfectos. Esta revolución debe ser de mayorías, de millones, tiene que empezar ya y la tenemos que hacer quienes vivimos hoy, con nuestras incongruencias y nuestras fragilidades…

Esa revolución la deben hacer las personas, las empresas, las ONG, las administraciones públicas, los colegios, las universidades, los restaurantes, los agricultores… Lo normal es que tengan contradicciones. Todos las tenemos. ¡Que nadie deje de actuar por ello!

Si el lápiz mantiene la punta perfecta es que no ha escrito ninguna línea. Quien actúa, traiciona siempre el perfecto plan. Se nos acaba el tiempo y tenemos que concentrarnos en cómo sumar todas las voluntades: las muy puras a lo largo del tiempo y las que han mantenido hasta anteayer la fe en las viejas tecnologías y en los viejos paradigmas.

Urge actuar y urge actuar todos. Eso exige “resetear” el alma intolerante que vive juzgando lo que hacen o no hacen los otros y, por el contrario, es muy comprensiva con sus propias incongruencias.

Es cierto que hemos recibido una educación muy propensa al uso de la resta y la división. Olvidémosla. Practiquemos la suma y la multiplicación. Desarrollemos una cultura de cooperación.

La vida compleja en la Tierra, nos dicen los biólogos, nace de la cooperación. La vida compleja en la Tierra se puede extinguir por la falta de cooperación. Quien se sabe limitado e imperfecto se abre humildemente a la cooperación. Quien, henchido de soberbia, piensa que lo sabe todo, que lo puede todo, se cierra a los otros.

El desafío para construir una economía neutra en carbono en muy poco tiempo, en un planeta aquejado por un gran número de conflictos de todo tipo, es desmesurado. Si existe alguna probabilidad de éxito, ésta reside en desarrollar lo antes posible una cultura de empatía, tolerancia y cooperación con los otros. Y necesitamos actuar ya. Sin más dilaciones. Sin esperar a ser perfectos.

Víctor Viñuales

Director ejecutivo de ECODES

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